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Cuaderno de viaje a México: llegada

Nicolás Ramajo Chiacchio

21 de agosto de 2023

Llegada

No sé dónde empezó el viaje, si es que los viajes empiezan, si es que las cosas empiezan. Creo más bien que todo es un continuo, que marcamos límites por pura practicidad y miedo.

Una de las pocas cosas que sí tienen un inicio bien marcado son las historias. Empiezan en un punto definido. Otra cosa es si empiezan en la primera palabra, la primera frase o el primer párrafo. Eso me da igual.

Entonces estoy volando y leyendo 2666 de Bolaño. En el momento en que vuelo hacia México, la historia del libro deriva de Europa a México. Tres críticos, literatos, profesores de universidad, estudiosos, persiguen la sombra de un escritor idolatrado y seudónimo.

De fondo empieza a hablarse de los crímenes. Los asesinatos, los asesinatos de mujeres. Pero los críticos no están interesados en eso, llevan su propio trabajo detectivesco paralelo.

Llego no muy tarde al hostel donde me alojo la primera semana. Son las cinco de la tarde en México y la una de la mañana en España. Para mí es tarde. Salgo a comer. Pruebo mis primeros tacos mexicanos, compro agua embotellada. Vuelvo al hostel, abro el ordenador y me pongo a trabajar. Son las nueve o diez de la noche, las cuatro o cinco de la mañana en España. Estoy cansado. Me mareo frente al ordenador, estoy cansado, me digo, es muy tarde para mí. Pero de esta manera me sobrepongo a la diferencia horaria, me acuesto a una hora decente y me levanto temprano, forzando un poco el cuerpo. Me muevo para los lados, incapaz de contener el cansancio, pienso. Sigo trabajando.

Unos días más tarde hay un simulacro nacional. Lo primero que pensé fue simulacro de qué. Llegado el día, entendí que era un simulacro de sismo. 12:19 estoy ya preparado cuando los trabajadores del hostel nos dicen amablemente que hay que bajar y salir del hostel. Estamos afuera la mayoría, charlamos, nos miramos. Para ese entonces ya me habían contado la historia de los sismos del 85 y del 17, ambos el mismo día, ese día, 19 de septiembre. No tardamos en entrar. Preparo el ordenador y sigo trabajando. Es la una y algo cuando alguien que también trabaja, al lado mío, me dice, alterado, hay que bajar, se mueve, suenan las alarmas. Yo me permití apagar el ordenador y bajar con calma. Bajo con la idea de que es otro simulacro, esta vez, sin previo aviso.

Afuera otra vez, nos miramos todos, esperamos. Algo se mueve, es el suelo. Como si un gusano gigante estuviera atravesando el barrio bajo tierra. Algo se paraliza, es la realidad, lo noto en los demás, en mí mismo. Fue un movimiento. Unos segundos más tarde, cuatro, cinco, diez, se mueve la tierra otra vez. Esta ves se mueve irresoluble, ya nadie se puede hacer el distraído, el que como que no escuchó. Se mueve de un lado a otro. Se mueven los cabes eléctricos y telefónicos. Se mueve el suelo en oleadas.

Los propios mexicanos, los habituados a los sismos, me dicen que fue fuerte, que no fue poca cosa. Yo no tengo con qué comparar. Ya la gente está con los teléfonos en las manos, dicen que fue de seis punto ocho, luego nos enteraríamos que fue de siete punto nueve. Los sismos del 85 y 17 fueron de ocho punto cinco, creo.

No más, pienso, no más. Ni el techo que te protege es seguro, pues es lo más peligroso, es lo primero que se cae. No más, no más. Me voy de acá, tengo que estar bien, qué hago en una ciudad de veintidós millones de habitantes, necesito paz y playa, me voy a Oaxaca, pienso. Me la recomiendan todos.

Mareado, es normal, me dicen, voy al mercado en busca de unos tacos con los que celebrar que estoy vivo y que sigo vivo. El mercado está techado, y no me siento cómodo. Termino en un puestito callejero. Pienso que la vida es una, que a tomar por culo todo. Claro que hay que trabajar para poder comer, pero lo mínimo necesario, lo importante es estar bien.

Mientras tanto termino la tercera parte del libro, donde los crímenes se hacen patentes y sobresalen en un argumento que empieza a quedar desplazado a un lado. Llego a la mitad del libro de mil doscientas páginas, donde empieza el cuarto y último capítulo, La parte de los crímenes.

Ya me habían advertido sobre esta parte, seiscientas páginas de crímenes contra mujeres, asesinatos de mujeres, dice que es difícil de leer. Es el momento en que empiezo a ver la ciudad de una manera más real, más clara, más natural. Es un sitio agradable, pero donde seiscientas páginas de mujeres asesinadas no parece irreal.

El tarot me habla de dudas. Y las tengo. Pero no creo que hable tanto de dudas como de un momento transicional. Los pajes miran hacia atrás, observando la calma del oro y de la copa antes de girarse hacia el frente y mirar la tormenta.

Claro que tengo dudas. Qué hago acá, me pregunto todos los días, y todos los días me respondo lo mismo, una respuesta clara y explicativa. Y si las dudas sobrepasan la respuesta y la inundan, elaboro una respuesta más contundente, pero sé que no puedo llegar mucho más lejos que eso, ni quiero, pues después de eso sólo queda el sinsentido de la vida, o más bien, el verdadero sentido, que no admite dudas, ni respuestas, sólo vida.

Categorías: Viajes
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