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Guía de creación literaria: Escribir es para uno

Nicolás Ramajo Chiacchio

2 de noviembre de 2022

Escribir es para uno

Si me gustaran las frases lapidarias, me atrevería a decir que sólo los malos escritores y la gente que no entiende nada de literatura pueden afirmar que un escritor escribe para los demás. No me gusta ser tan categórico, así que sumo a la lista la gente que no lo ha pensado mucho antes de soltar una frase como esa.

Vivimos en un mundo mercantilizado, todo se vende, todo se compra, y peor, todo se hace para venderse, y el fin último es comprar. Bajo esas premisas también pensamos el acto creativo, la creación artística, como un intercambio en última instancia monetario. Entre otras, nos han vendido la idea, nunca mejor dicho, de que el escritor escribe para sus lectores, de que el escritor se debe a sus fans, de que escribe para satisfacer a sus clientes. Esta visión se refuerza al ser planteadas sagas de libros y series de películas para satisfacer a los fans. Y pensamos que es normal, porque al final lo que importa es vender, en este caso, libros.

Pensar así es un error que nos cuesta caro (ya ven hasta donde cala el lenguaje comercial) porque coarta nuestra libertad creativa, y en general porque a la larga disminuye la calidad creativa y literaria y el pensamiento crítico. En última instancia tampoco satisface a los lectores, que terminan empalagados por leer una y otra vez lo mismo, por recibir una y otra vez los mismos estímulos.

Pero todo esto es una pequeñez comparada con el verdadero problema que trae la idea de la creación como algo comercial, de la creación mercantilizada. El problema no es tanto la pérdida de la calidad literaria, digamos, como la pérdida de la calidad creativa, la pérdida de la calidad del acto creativo del autor.

Cualquiera que se haya sentado frente a una hoja en blanco con la idea de escribir algo se habrá dado cuenta de que no es fácil de llenar, y de que en el acto de llenar esa hoja uno está, en última instancia, solo.

Cualquiera que intente llenar una cierta cantidad de hojas con una historia lo hace, por sobre todas las cosas, y antes que por el placer que recibirán sus posibles lectores, por el propio placer de escribir, por el placer del solitario acto creativo de poner palabras juntas de manera hermosa, armoniosa y con sentido. Ese acto, antes que un encuentro con los demás, nos propone un encuentro con nosotros mismos. Y es ese encontrarnos con nosotros mismos en la soledad de la página en blanco, ese enfrentarnos a nuestras capacidades y límites, lo que hace del acto creativo algo principalmente personal e íntimo a la vez que transformador. Una transformación que no podría darse según la visión mercantilizada, que precisamente propone una eterna repetición.

Alguien que se sienta a escribir una historia para los demás es alguien que está escapando de sí mismo. Hay, obviamente, escritores que están de vuelta de todo, gente que escribe cartas e emails y gentes que rellenan formularios, que no entran en esta categoría.

Escribir es un encuentro con uno mismo, nos guste o no, lo aceptemos o no. Depende de nosotros verlo así y dejarnos arrastrar por esa aventura, o esquivarla y perder ese tren. Nadie debería irse de viaje sólo para mostrarlo en las redes sociales. Uno debería ir de viaje para disfrutarlo en primera persona. Luego uno puede sacar fotos o no, compartirlas o no. Lo mismo pasa con la escritura.

El acto creativo es un acto crítico, aún si no nos damos cuenta, es crítico pues ante la dificultad de llenar esa página nos terminamos preguntando ¿para qué sirve esto? ¿qué estoy haciendo? ¿qué sentido tiene?, sintiendo a la vez que no podemos dejar de hacerlo y que hacerlo es en sí la respuesta a todas esas preguntas.

Escribir es un acto que nos cambia y que, gracias a eso, puede cambiar a los demás. Es un acto que nos ayuda a abrir puertas, puertas que nuestros lectores abrirán después de nosotros.

Por eso pregono que escribir es para uno. Que no te engañen diciendo que a tus lectores no les va a gustar, que quién va a leer eso, que la lectura ha de ser placentera, que te debés a tus lectores, que escribir es para expresar emociones. Escribir es como un viaje, recién al final, si querés, podés mostrar las fotos, pero el viaje es para vos.

Tenés que poder tomarte la libertad de ir por donde vos quieras, sin que nadie te interrumpa diciéndote si eso es vendible o no, adecuado al mercado o incluso comprensible. Después de todo, los más maravillosos libros son originales, innovadores, rompedores, revolucionarios porque precisamente son el resultado de un viaje personal liberado de los prejuicios culturales y, sobre todo, de las leyes del mercado.

Yo no me imagino, por ejemplo, a Camus a la hora de escribir El extranjero, ni a los maestros del haiku, ni a Cervantes prisionero escribiendo para sus lectores, y menos pensando en la moneda.

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